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martes, 24 de mayo de 2011

¡Ay!

Éste es el verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este ¡Ay! por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la Poesía. Un día este ¡Ay! se organiza y santifica. Entonces nace el salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado viviendo el hombre muchos siglos.

Ahora todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito, aullido, blasfemia... y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí están ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.

Éste es el intinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra. Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá decirse nunca: éste es un poeta filosófico.
Porque la diferencia esencial entre el poeta y el filósofo no está, como se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico, cristalino y musical, y el filósofo con palabras abstrusas, opacas y doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en la locura.
El filósofo dice:
Para encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.
Y el poeta:
Para encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que hacerlo explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del gran fichero filosófico.

Cuando sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el salmo en la garganta, comenzamos a comprender. Un día averiguamos que en nuestra casa no hay ventanas. Entonces abrimos un gran boquete en la pared y nos escapamos a buscar la luz desnudos, locos y mudos, sin discurso y sin canción.

Además, los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber.
Y en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos.

Y decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy... que lo decida la suerte.
¿Cara o cruz?




[León Felipe, Antología rota, ed. OCEANO, México, 1998, pp. 142-143]

El poeta y el filósofo

Yo no soy el filósofo.
El filósofo dice: Pienso... luego existo.
Yo digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo... luego existo.
Creo que la Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía , del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!






[León Felipe, Antología rota, ed. OCEANO, México, 1998, pp. 142]

miércoles, 2 de marzo de 2011

AUTUM de Walter de la Mare(1873-1956) traducido por Eliseo Diego

Eliseo menciona en este libro de "Conversación con los difuntos", que tardó 10 años para traducir éste poema de Walter, lo que me hizo reflexionar a cerca de las palabras, del sentir, de la época de los hombres. De lo difícil que es ponerse en el papel del otro, ser amigo sin nisiquiera cruzar palabra alguna. Entendí por un gran momento, que fueron precisos diez años para que Eliseo entendiera la pérdida del hijo de Walter.

AUTUM
There is a wind where the rose was;
Cold rain where sweet grass was;
And clouds like sheep
Stream o´er the steep
Grey skies where the lark was.

Nought gold where your hair was;
Nought warm mhere your hands was;
But phantom, forlorn,
Beneath the thorn,
Your ghost where your face was.

Sad winds where your voice was;
Tears, tears where my heart was;
And ever with me,
Child, ever with me,
Silence where hope was.

OTOÑO
Sólo está el viento donde la rosa estaba,
fría la lluvia donde la dulce hierba estaba,
y nubes como ovejas
trepan por los abruptos
y grises cielos donde la alondra estaba.

No está ya el oro donde tu pelo estaba,
no está el calor donde tu mano estaba,
sino vago, perdido,
debajo del espino,
tu espectro está donde tu rostro estaba.

Tristes los vientos donde tu voz estaba,
lágrimas donde mi corazón estaba,
y ya siempre conmigo,
hijo, siempre conmigo,
sólo el silencio donde la esperanza estaba.

lunes, 14 de junio de 2010

EVOCACION....Cita de Evelyn Waugh

Aquí murió mi postrer amor. [...] Me sentí como el marido que, en el cuarto año de su matrimonio, súbitamente descubre que ya no siente deseo alguno, ninguna ternura, ninguna estima por la esposa que un día amó tanto; ningún placer en su compañía, ningún anhelo de comprenderla, ninguna curiosidad por nada que ella pueda hacer, decir o pensar; ninguna esperanza de arreglar las cosas, ningún reproche así mismo por el desastre. Conocía pues todo el proceso de la desilusión marital; pasamos por el ejército y yo, desde el apremiante noviazgo inicial hasta ahora, cuando ya nada quedaba entre nosotros, excepto los fríos lazos de la ley, del deber y de la costumbre. Me había representado todas las escenas de nuestra tragedia doméstica, y hallé los disgustos más frecuentes, las lágrimas menos impresionantes, las reconciliaciones menos dulces, hasta que provocaron una actitud de alejamiento y de crítica fría, y la convicción creciente de que no era yo, sinó el ser amado que tenía toda la culpa. Percibí las notas falsas en su voz, y aprendí a esperarlas con disgusto. Reconocí la mirada indiferente y de incomprensión, de resentimiento, en sus ojos, y el pliegue egoísta en las comisuras de su boca. La conocí como uno conoce a la mujer con la cual ha convivido durante tres años y medio. Conocí sus maneras descuidadas, lo rutinario y mecánico de sus encantos, sus celos y los gestos nerviosos de sus dedos cuando dormía... Estaba ya desprovista de encantos para mí y la miré como a una extraña con la cual me había unido con lazos indisolubles en un momento de insania.

Cena zombie

Cena zombie